LA ENCINA SAGRADA

Sin embargo, para iniciar nuestra
historia debemos emprender un largo viaje hasta la antigua ciudad de Tebas en
Egipto, “La ciudad de las cien puertas” según
Homero, la capital del antiguo Egipto, la ciudad sagrada y morada de los
sacerdotes de Amón. Hace muchísimo tiempo volaron desde allí dos palomas
negras, y ambas se posaron sobre sendas encinas, una de las palomas fue a dar a
Amón en Libia, la segunda se aventuró por las aguas del interminable mar para
posarse en un reducto sagrado de la
antigua Grecia, que con el tiempo se dio en llamar Dodona, el viaje de la
paloma inauguró así uno de los más importantes oráculos de la Hélade. El
oráculo es por definición un mensaje o respuesta divina a una consulta, un lugar
o un instrumento a partir del cual los mortales se comunican con los dioses.
Los instrumentos del oráculo de Dodona no sabemos si eran efectivos, pero si
que eran bellísimos: La disposición de las hojas de encina sobre el suelo, el
rumor del viento en el follaje, el tintineo de artefactos de bronce suspendidos
entre las ramas del Quercus más sagrado del lugar dedicado al mismísimo Zeus, aquellos
sonidos se convirtieron en las palabras
mediante las cuales los dioses daban a conocer sus designios a los hombres.
Cuenta la leyenda que un día Éaco, uno de los hijos
predilectos de Zeus y rey de la isla de Egina, agobiado por la sequía pertinaz
que asolaba su reino y que diezmaba a su pueblo acudió al oráculo a buscar
consejo. Zeus que ya había tomado posesión del lugar anunció su presencia con
la voz del trueno. El agüero era favorable, los bosques de encinas son la
morada del dios porque más que cualquier otro bosque atrae las tormentas.
Animado por este presagio Éaco se atrevió a elevar su petición, Que mi reino
vuelva a poblarse imploró el rey, dándome tantos súbditos como el número de
hormigas que ahora veo portando granos de cereal de los almacenes de Dodona. No
había viento ese día, pero las ramas de la sagrada encina se estremecieron ante
la súplica del rey; era un susurro quieto y pausado, una respuesta, no sabemos
si del tronante padre o de la madre encina. Éaco sintió temor pero no huyó del lugar, por
el contrario se acercó al árbol, lo abrazó y lo besó tiernamente. Aquella noche
el rey soñó que desde el árbol caía una tupida lluvia, las gotas se
transformaban en hormigas, y las hormigas en gentes, al despertar descartó que
aquel sueño fuera casual, justo en ese momento del amanecer su hijo Telamón le hizo salir para que viese una multitud que
se acercaba y en ella reconoció los rostros de las mujeres y hombres que había
conocido en el sueño y que acudían a poblar nuevamente el reino. Los bosques
son generadores de vida, un sustento en torno al cual el género humano es capaz
de subsistir y regenerarse, existen pocas historias más hermosas para contarlo.
Tanta fue la fama del encinar que en algún momento
indeterminado de la historia mítica acudieron a habitarlo ciertas criaturas
femeninas extrañas y escurridizas. No está claro su origen, algunos consideran que
provenían del Jardín de las Hespérides, donde custodiaban las manzanas
sagradas, otros creen que venían directamente del Olimpo, subyugadas por la
belleza de los bosques, lo cierto es que las ninfas dríades acudieron
a Dodona y por extensión a todos los bosques de encinas que pueblan el mundo,
ellas representarán ya para siempre la humedad, el aliento vital que retoza y
serpentea entre la naturaleza sin dejarse nunca atrapar. Es muy difícil verlas
y si alguien se aventura debe esperar a los momentos centrales del día cuando
el sol está en su cenit, entonces quizá en alguna fuente, en el naciente de un
arroyo, entre la umbría de un bosquecillo sea posible observarlas en sus
juegos; mirarlas puede ser peligroso si atendemos a los cantos de Orfeo, porque
de entre todas las dríades la más famosa es Eurídice, y mirarla puede ser a su
vez una bendición y un castigo.
Hemos de viajar un poco más al norte de Dodona, a las
selváticas tierras de Tracia para encontrar los orígenes del mito. La historia de Orfeo y Euridice es bastante
conocida, Eurídice es mordida por una serpiente cuando intentaba huir de Aristeo;
irremediablemente herido por la pérdida de la ninfa dríade, Orfeo decide bajar
al inframundo con el objeto de regresarla a la vida; gracias a lo melodioso de
su voz y de su lira, Orfeo sortea mil dificultades hasta que logra presentarse
ante el trono de Hades y Perséfone a quienes solicita el alma de su amada para
llevarla con él; conmovidos por la belleza de su canto los dioses subterráneos
acceden con una condición: En su camino de regreso Orfeo no podrá volver la
vista atrás para constatar que Eurídice le sigue so pena de perderla para
siempre; el cantor mítico debía esperar hasta que la luz del sol iluminara
totalmente a su amada para poder mirarla al fin; ambos amantes se acercan a la
salida pero en el último momento Orfeo no puede resistir la tentación de volver
la vista atrás para constatar la presencia de la ninfa con lo cual acaba
perdiéndola de forma irremediable. Dos
cosas merecen ser rescatadas de este mito para ahondar en el tema que nos ocupa
de la simbología mítica de la encina, la primera es que las dríades, a pesar de
su naturaleza semi divina, no son inmortales; no es el caso de Perséfone
que perece por la mordedura de una
víbora, pero en general las dríades mueren cuando muere también la encina en la
que moran, algo de su substancia vital está estrechamente ligada al árbol que
las cobija, pero el relato también nos lleva a la existencia de las llamadas divinidades
ctónicas o telúricas, se trata de divinidades pertenecientes a la tierra, el
término hace referencia a los dioses o espíritus del inframundo o del interior
del suelo, no todo es oscuridad en
aquellos mundos, de hecho la profundidad de la tierra es garante del resurgir
periódico de la vegetación con el movimiento de las estaciones. Cuando Orfeo
desciende al reino de Hades se encuentra a su lado a Perséfone, eso nos
demuestra que el descenso a los infiernos debió tener lugar en los meses
otoñales o invernales, porque como sabemos, Perséfone puede salir del submundo
en primavera para propiciar con su presencia o resurrección, la proliferación
de la vegetación y el verdor. En otras palabra la mitología griega es una
poderosa constatación de la importancia de la tierra y el suelo para la regeneración
de la vida, se trata del principio descubierto con la agricultura según el cual
la semilla debe desaparecer y ser enterrada a fin de asegurar su poder
germinativo. Cierto es que la ninfa
dríade Eurídice no puede ser considerada en sentido estricto una divinidad
ctónica, pero el hecho de estar vinculada, al igual que sus hermanas, al culto de la encina y haber emprendido,
aunque de forma incompleta, el viaje desde el inframundo la reviste de
atributos que sólo pueden ser asociados con las divinidades regenerativas del
subsuelo. Es interesante no obstante observar que en los bosques densos de
encinas, las ramas jóvenes nacen en la umbría, apenas tocadas por el sol, como
Eurídice en ese momento trágico en que el impetuoso Orfeo volvió hacia atrás la
mirada.
No podemos finalizar este análisis de la simbología asociada
a la encina sin volver al carácter oracular o de revelación de este árbol tan
particular; la revelación implica de alguna forma la palabra o al menos la
comunicación. ¿Hablan las encinas desde un punto de vista mitológico? La
respuesta es un absoluto, si. Es Platón
en el Fedro quien afirma: “Es una
tradición estimado amigo, del santuario de Zeus en Dodona que de una encina
salieron las primeras revelaciones proféticas” y Ovidio en La metamorfosis: “La
región de Dodona con sus quercus parlantes”, por su parte según Apolodoro, Atenea puso en la proa de la nave de Jasón y
los argonautas “un madero dotado del don
de la voz” que la misma diosa había tallado con sus manos y que procedía
precisamente de una encina nacida en el bosque sagrado de Dodona.
Es interesante considerar que el carácter comunicativo de la
encina no se circunscribe al mundo helénico y encontramos excelentes ejemplos
en la mitología semítica, bástenos un par de ejemplos para ilustrar el carácter
oracular de la encina en el contexto bíblico: “Atravesó Abraham el país hasta el lugar de Siquem, hasta la encina de
Moré …Entonces se apareció Dios a
Abraham y le dijo, a tu descendencia daré esta tierra” Génesis 12: 6, o
bien: “Gaal volvió a hablar diciendo:
Mira que baja gente del ombligo del país y una compañía viene de la encina de
los adivinos (Elon Meonenum)” Jueces 9:37.
Habremos de volver a la encina en sucesivos capítulos, tal es
la importancia simbólica y mítica del árbol, pero hemos dejado al hermano del
norte, el roble majestuoso esperando y es menester que le dediquemos algunas
palabras, para ello deberemos transitar por las tierras misteriosas y, si tenemos
suerte, pobladas de las ramas doradas de los celtas.
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